Coragyps sapiens

Felipe Vergara Lombana | Colombie

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Título . Coragyps sapiens

Autor . Felipe Vergara Lombana

País . Colombia

Género . Teatro

Edición . Papel

Idioma . Español


6 € / 60 páginass / 12 x 20 cm

ISBN . 979-10-92948-42-4

Junio de 2018


Del mismo autor :
Coragyps sapiens en francés

Sobre Coragyps sapiens

Coragyps sapiens : el buitre sabio, vínculo entre la vida y la muerte, símbolo maya de purificación, vive a centenares, nutriéndose de las víctimas de la guerra que lleva la corriente, a orillas de un río colombiano.

Allí es dónde Ulpiano se cruza con Reina, una mujer-pájaro.

Dos visiones de la guerra se enfrentan entonces, en una danza de colores y poesía.

Sobre Felipe Vergara Lombana

Felipe Vergara Lombana (Bogotá, 1977) es director, dramaturgo y actor.

Ganador de la beca Fulbright-Mincultura así como de varias becas de creación del Ministerio de Cultura e Idartes, fue Director residente del Teatro Arena Stage de Washington DC en donde trabajó con artistas como Edward Albee.

Entre otras, ha escrito las obras Kilele, Retrato involuntario de Luigi Pirandello y Corruptour.

Extracto de Coragyps sapiens

ULPIANO. Rrrrssssss. TTTTTttttt. Tchtchchc. ¡Mierda! ¡No lo dejan a uno en paz! (Explica.) Ellos son la guía de uno cuando uno busca un muerto. Se los ve flotando en el río con las alas abiertas y se siente una mezcla de tristeza y alegría. Odio y resignación. No por ellos, ni más faltaba. Papazotes. (Pausa.) Yo por mi parte me siento muy a gusto en compañía de mis chulos y gallinazos. Ellos han estado aquí desde el principio de los tiempos. El problema es lo que viene abajo. Los troncos. Troncos, ¿si saben lo que quiero decir? Troncos. De cristiano. Ni más ni menos. Troncos. Eso es lo que son. Troncos. Troncos de cristiano. Decir cadáveres parece ambicioso. Otro eufemismo, si saben lo que quiero decir. Una manifestación suave, decorosa de unas ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. Cadáveres. Restos. Los restos humanos que bajan por aquí son precisamente eso, restos. Despojos. Sobras. A cuotas: cabeza, tronco, rodillas, y pies… Pedazos de la guerra. Pero por lo general solo troncos. El resto es más difícil. Se queda varado debajo del agua, junto a la arena y las piedras. En el fondo. Mezclado con los peces. Por eso es que los pescadores somos los que más vemos cuerpos. Se nos atraviesan en el trabajo. Mi primera vez fue como a los quince. En una chalupa. Con otro pescador. José. Meneses. Creo. Chepe. Chepe Meneses. Eso es. Ni más ni menos. Chepe. Chepe impulsó la barca con una vara de madera y ahí sintió cómo el fondo de arena y piedras se transformaba en una cosa blandita que le dio ganas de vomitar. Al lado nuestro estaban los gallinazos. Por todas partes. Cabezas negras, amarillas y rojas. Claro, escarbando en la orilla. Yo todavía no los conocía. No los entendía. Pero me gustó mirarlos haciendo sus cosas. Había uno en especial. Con la cabeza roja. Parado en una rama de un árbol. Esperando. Tranquilo. De pico blanco y narices anchas. Y un pecho imperial. Nunca se me va a olvidar. Me quedé mirándolo cerquita. Y sentí como que me hablaba. No podía por supuesto, porque no tienen siringe. Pero como si nada. Él se quedó mirándome y yo a él. Por largo rato. Y a mí no me dio miedo. Debería, pero no. Nada.
¿Qué es esta mierda? —me preguntó Chepe.
—¡No se ponga con jodas y deje eso quieto, Chepe!
Pero no hizo caso. Movió la vara y en un parpadeo salieron a flote decenas de pedazos de cuerpos. Estaban frescos, aún con sangre. Acababan de ser cortados con machetes y motosierras. Ahí sí los chulos se nos vinieron encima. En manada. Yo me quedé mirando. Un grupo de cabecinegros llegó primero y luego una manada de gualas sabaneras. Decenas de cabezas amarillas, como las flores de las bromelias que le gustaban a mi mamá, se les mandaron encima a los restos que ya uno ni podía ver en la superficie. Había unos 40 pájaros flotando en el río. Un espectáculo. Todos comieron por igual. Hasta que llegó el rey. Ahí todos le abrieron campo y se fueron a las orillas hasta que se llenó: el Sarcoramphus, digo. Era la primera vez que lo veía. Y fue un espectáculo. Pero lo verdaderamente grandioso empezó cuando él se fue. Eso iban y venían pájaros que era un gusto. Blanco, negro, rojo, amarillo y gris por todo lado. Por cielo, agua y tierra. Y morado. De las vísceras. Un espectáculo. Yo solo quería colgármele a uno de ellos y que me llevara a donde vive. Escaparme a esa cueva recóndita, o ese hueco hondo, al acantilado o a la azotea del edificio que adecuó para su chula. Para esa pajarota, mamasota, a la que le bailó en algún momento. (Pausa.) En minutos se habían llevado la muerte. Ya no había. Era como si nada hubiera pasado ahí. Hasta que el pendejo de Chepe se fue corriendo a contarle a la gente que en Los Trinchos estaban botando cuerpos. Se mató a sí mismo. Por hablador. Hay quienes deberían aprender. Él no aprendió. Los chulos no tienen siringe. Son testigos mudos. Yo aprendo, tú aprendes, él… Un día, mientras hacía la sopa del mediodía, la mamá de Chepe oyó una ráfaga de fusil. Su casa quedaba cerca de la iglesia. Después de eso se lo tragó la tierra, o mejor el agua, por siete días. Quién sabe lo que le hicieron y a dónde se lo llevaron. Después lo encontré. Una guala venía navegando encima de él.

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